Hubo un tiempo, y no tan lejano, en
el que los seres humanos se desplazaban caminando, a lomos de un caballo, en carruajes
o en barcos movidos por el viento. Los viajes se prolongaban durante semanas, las
imágenes discurrÃan ante sus ojos muy lentamente, y quienes los emprendÃan
disponÃan del tiempo necesario para aclimatarse a los nuevos entornos y los
nuevos climas. De este modo, de manera gradual, se iban mentalizando de que se
internaban en un mundo nuevo.
En 1843, un tren partió de Bruselas
para finalizar su recorrido en ParÃs. Se iniciaba asà la construcción de una
amplia red ferroviaria. No tardó en establecerse la conexión con ciudades como
Moscú o Estambul, tan lejanas hasta entonces. Mientras las vÃas surcaban la
tierra, por el aire se abrÃan nuevas rutas: en 1919 comenzaban a operar en
Europa las compañÃas aéreas dedicadas al transporte de viajeros.
Los viajes dejaron de ser un
acontecimiento para convertirse en una rutina: en pocas horas podemos dejar
atrás un frÃo glacial para encontrarnos en el ambiente húmedo y tórrido del
trópico sin haber pasado un proceso previo de mentalización que nos ayude a
identificarnos con un destino que guarda escaso parecido con el lugar de la
tierra que habitamos, y a unas sociedades cuyas escalas de valores son muy
diferentes a las nuestras.
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Al viajero le asaltan estas reflexiones poco después de haber subido a un autobús en Granada que necesita una hora y treinta y cinco minutos para llegar a su destino, situado a 1.058 metros de altitud, en el occidente de La Alpujarra y a setenta kilómetros de distancia: Pampaneira. Tiene tiempo para repasar los apuntes, observar las fotografÃas e internarse en algunas de las localidades por las que pasa, aunque sea de un modo virtual.
Y la
primera de ellas le resulta tan familiar como refrescante: Lanjarón, un nombre cuyo
origen podrÃa situarse en la voz prerromana lanchar,
que significa lugar abundante en aguas. No hay constancia de ocupación humana hasta
el siglo XIII, cuando un
grupo de bereberes se asentaron aquÃ, y es posible que le diesen el nombre, una
castellanización de Al-lancharon, lugar de manantiales.
El autobús continúa su lento ascenso por una
carretera serpenteante, deteniéndose en paradas situadas en pequeños núcleos de
población en las que suben y bajan viajeros cargados de bolsas. Órgiva es la
segunda referencia. Está identificada como la colonia griega de Exoche,
mencionada por el geógrafo Ptolomeo, y su etimologÃa más probable es un hÃbrido
del latÃn hortus y el ibero ibar (rÃo), el huerto del rÃo, y las
primeras referencias aparecen en los escritos de al-Udri (siglo XI) y al-Idrisi, (siglo XII), con los nombres de yuz
Aryuba e hisn Orgiva, respectivamente.
Atrás queda Soportújar. La etimologÃa popularmente aceptada
de este nombre es lugar de soportales. Durante la rebelión de las
Alpujarras, en el siglo XVI, fue escenario de expulsiones y repoblaciones. Los
nuevos vecinos, llegados desde Castilla y Galicia, trajeron consigo costumbres
y creencias que se mezclaron con el imaginario morisco. Entre ellas, historias
de brujas, pócimas y reuniones secretas, que encontraron en sus cuevas y
barrancos un escenario perfecto y, con el paso del tiempo, se convirtieron en
un recurso turÃstico.
La mañana del mes de febrero, luminosa y cálida, entra en su recta final cuando finaliza el viaje. Pampaneira es la puerta de entrada al barranco del rÃo Poqueira, y levantando la vista contemplamos el nevado y majestuoso Pico Veleta, el segundo más alto de Sierra Nevada. Es un ejemplo de la arquitectura tradicional, bien conservada o restaurada, dotada de elementos originales que la identifican: las calles, plazas, miradores, fuentes, lavaderos, tinaos, chimeneas, terrazas y tejados forman un conjunto de caracterÃsticas únicas. El origen de esta forma de construcción podrÃa remontarse a las tribus bereberes y presenta una notable similitud con la de las montañas del Rif marroquÃ. Se construye con un fin utilitario y no ornamental, adecuándose a la geografÃa y el clima, aprovechando los pronunciados desniveles del terreno, y con los materiales que proporciona la naturaleza.
Uno de
los elementos que llaman la atención del viajero son los tinaos, unos espacios techados que forman pasajes con los que se conectan
calles y viviendas. En algunos casos, en la parte superior pueden llegar a
albergar estancias de las casas o terrazas construidas con una mezcla de tierra
y arcilla. Las asientan apoyando en los muros de las casas vigas de madera de
castaño, cruzadas por unos maderos transversales (alfarjÃas) y baldosas de
pizarra. El origen de estas particulares construcciones se remonta a la época
musulmana, y estas estancias sirven como una prolongación de las viviendas,
configurándose también como un lugar para estar a cubierto de las nevadas
invernales o del sol del verano durante las tareas agrÃcolas. A su vez, es un
espacio público donde relacionarse.
No menos sorprendentes resultan las regueras, que permiten la conducción
del agua que brota de las fuentes. El itinerario de los canales discurre por la
parte central de las vÃas. Entre el lavadero y la parte más baja del pueblo
sigue una de las canalizaciones más importantes: desde la parte alta de la
calle Estación, baja hasta la Plaza de la Libertad, para seguir a lo largo de
la calle Verónica. El viajero pasea bajo el techado de los tinaos escuchando la música del agua, entre paredes encaladas y ventanas de las que sale el olor de la comida,
que se mezcla con el de los geranios y las hortensias. No es la única, también
por la calle Partidero discurre otra de estas vÃas hÃdricas, aunque actualmente
está en desuso.
Como no podÃa ser de otro modo, son famosas sus fuentes: las del Cerrillo, Sonsoles y San Antonio (Chumpaneira), al que tienen por santo casamentero. Como reza su leyenda: No digas nunca de este agua no beberé, pues esta fuente que aquà ves, es fuente de la virtud y tiene tal magnitud que a beber su agua invita… Y soltero que la bebe con intención de casarse ¡no falla! pues al instante... novia tiene, ¡ya lo ves! Avisados quedan los viajeros que hasta Pampaneira tengan proyectado desplazarse.
La forma de las casas se ha tenido
que adaptar a las laderas de la montaña y a las condiciones climáticas de una
comarca asentada en la falda de una montaña. Para construir las viviendas
utilizan piedra, pizarra, madera de castaño, nogal o álamo, el yeso y la launa,
una arcilla de color grisáceo que dota de impermeabilidad los tejados y
terrazas. Las cubiertas son tejados planos o terraos, que utilizan como secadero de las cosechas o tendero de la
ropa.
La chimenea es otro de los
elementos icónicos de Pampaneira. Tienen forma troncocónica y están rematadas
de por una baldosa de pizarra con forma de tapa, sobre la que se coloca una
piedra, denominada castigaera, con la
finalidad de que no la arraste el viento, y que da lugar a la tradicional y
llamativa forma de sombrero.
El trazado urbano es de estilo bereber y durante la época islámica esta localidad alcanzó un importante relieve como emporio agrÃcola y, sobre todo, por la producción de seda. En la Plaza de la Libertad confluyen varias calles abarrotadas de talleres donde se confeccionan bufandas, alfombras, mantas, chaquetas o guantes con la lana como materia prima, además de tiendas que de artesanÃa, bares y restaurantes. En ella está ubicado el templo parroquial, con su artesonado de estilo mudéjar y retablos de madera de estilo barroco.
El topónimo Pampaneira tiene un
origen latino, su nombre viene del término Pampinus que
significa pámpano, haciendo alusión a la frondosidad de sus tierras. Como sucedió
con otras poblaciones alpujarreñas, los
Reyes Católicos la repoblaron con castellanos y gallegos después de sofocar la
rebelión de los moriscos, y como acontece con la mayor parte de los núcleos
rurales, su población va en declive: en 1950 estaban censados los 1.073
habitantes, y en 2021 eran 318.
Blanco y silencioso, Pampaneira es uno de esos lugares que invita deambular, andar de un lado para otro sin las prisas que nos impone llegar a un destino, porque acostumbra a suceder que encontramos aquello que nos interesa cuando simplemente caminamos. Invita a sentarnos y conversar, como escribió Blas de Otero, aunque ambas actividades, tan humanas, elementales y salutÃferas, no estén de moda en estos dÃas, escribió Silvio RodrÃguez.



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