La Leprosería de Abades


Paredes acribilladas a balazos, paredes derribadas, el suelo sembrado de cascajos, pintadas, grafitis y señales que advierten de que entramos en una propiedad privada a la está prohibido el paso. Una soleada mañana del mes de abril del año 2024, los viajeros abandonaron las rutas más transitadas de la isla de Tenerife para internarse en el municipio de Arico por unas carreteras de trazado en ascenso, sinuoso y estrecho, y después de circular sobre una superficie desértica en la que el paso de los vehículos abrió una improvisada ruta en medio de la nada, se encontraron con un fantasmagórico conjunto de edificaciones: la Leprosería de Abades.


Hagamos memoria siguiendo un trabajo de Antonio García Belmar, que forma parte de
 Saberes en acción, un colectivo integrado por personal investigador y profesorado del Institut Interuniversitari López Piñero y la Societat Catalana d’Història de la Ciència i de la Tècnica, así como por especialistas de otras instituciones académicas y centros de investigación dedicados a la historia de la ciencia, la tecnología y la medicina.

Hacia mediados del siglo XIX, los periódicos de muchas ciudades europeas comenzaron a hacerse eco de voces que alertaban del “regreso de la lepra”. Supuestamente desaparecida desde finales de la Edad Media, en las metrópolis europeas se veía volver por las mismas rutas abiertas para su expansión colonial. La lepra regresaba desde una lejana Edad Media y desde un distante mundo exótico –la India, África, las islas del Pacífico o América– para despertar miedos y respuestas similares a los suscitados en la sociedad medieval, tales como la reclusión de enfermos como única barrera efectiva ante la expansión de la enfermedad.

 

El proceso de construcción de las nuevas leproserías, llamadas ahora “colonias”, “colonias-sanatorio” o “asilos”, se aceleró durante la segunda mitad del siglo XIX en los territorios colonizados y, desde principios del siglo XX, también en las regiones metropolitanas afectadas. Se ubicaron lejos de entornos habitados, en islas, en lugares aislados por ríos o en valles rodeados de montañas. Los expertos combinaron nuevos estilos arquitectónicos con las características geográficas para reforzar los fundamentos de la exclusión. .

Las colonias leprológicas fueron diseñadas para concentrar a cientos de personas, procedentes de lugares muy distantes, que ingresaban sabiendo que jamás recuperarían su libertad. Como otros muchos espacios de exclusión, fueron creadas para cumplir funciones muy variadas, desde la prevención, el tratamiento y el cuidado de pacientes hasta su regeneración física y moral, pasando también por el adoctrinamiento de quienes debían prepararse para morir. Desde finales de la década de 1940, cuando aparecieron las primeras drogas efectivas contra la lepra, los nuevos medicamentos marcaron el principio del fin de las leproserías.


La prevalencia de casos de lepra en la isla de Tenerife (que entonces aún era considerada una especie de castigo divino), y también de tuberculosis impulsó un proyecto que se puso en marcha en el año 1941. El objetivo era construir una pequeña ciudad, aislada y autosuficiente. El encargo recayó en el arquitecto José Enrique Marrero Regalado, autor del Palacio Insular, hoy sede del Cabildo Insular de Tenerife, el Mercado Nuestra Señora de África o la Basílica de la Virgen de Candelaria.

Marrero Regalado, que conocía la zona -había nacido en la cercana Granadilla de Abona en 1897- trabajó con la idea de hacer una ciudad de 12.000 metros cuadrados en la que distribuir a personas sanas y enfermas. El complejo, con forma de uve y dotado de pabellones separados por extensos espacios libres, acogería el hospital, una enfermería, la iglesia, un supermercado, una lavandería, una escuela, comedores y viviendas.


Pero el ingente trabajo realizado por obreros y técnicos fue en vano y este conjunto, compuesto por de 36 edificios,  no llegó a albergar a ningún enfermo por dos razones: la primera pone de manifiesto la incompetencia de los gobernantes; y la segunda, su falta de previsión.

Las obras, coordinadas por la Dirección General de Sanidad en colaboración con el Ministerio de Gobernación, se iniciaron en 1944, pero un año después sus promotores se percataron de que la errónea orientación del complejo favorecía que los vientos propagasen los contagios en lugar de evitarlos. Paralelamente, la medicina comenzó a introducir las primeras drogas efectivas en el tratamiento de la lepra, los especialistas dejaron de considerar que la clave para la profilaxis era la exclusión de los leprosos y comenzaron a decantarse por los tratamientos domiciliarios.

A finales de 1946 se paralizaron definitivamente. Los barracones pasaron a acoger los campamentos de Falange, obligatorios para los estudiantes de la Escuela de Magisterio. Transcurridas varias décadas, se llegó a plantear la posibilidad de convertirlo en un  centro destinado a  toxicómanos, un centro cultural o un camping, pero no fraguó ningún proyecto.


En el año 1981, el Ministerio de Sanidad traspasó la propiedad al de  Defensa, que rodeó el perímetro con alambradas para acabar con los rituales y las fiestas clandestinas que se celebraban en la zona. El Ejército acondicionó las construcciones más avanzadas para los soldados, que realizaron maniobras militares y prácticas de tiro en varios edificios.

Acabado el servicio militar obligatorio, el Ministerio de Defensa puso en venta los casi 900.000 metros cuadrados de terreno, que fueron adquiridos en 2002 por un inversor italiano. El nuevo destino era convertirse en el emplazamiento de hoteles, un balneario-talasoterapia, un centro comercial y dos campos de golf con una inversión total de 360 millones de euros. El Consistorio invirtió seis en la iniciativa, pero el promotor falleció en 2015 sin que se colocara una sola piedra. Un año después de la venta, la Ley de Moratoria Turística paralizó definitivamente el proyecto.

La leprosería pasó a convertirse en el destino de viajeros que se internan por las carreteras secundarias y los caminos, grafiteros, pilotos que lo convierten en un improvisado circuito y cazadores de psicofonías, además de escenario de series. Paradojas del destino: en este lugar se rodó una, titulada Las noches de Tefía, que narra las desventuras de los presos homosexuales en un campo de concentración franquista.



Nómadas
8/23/2026
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