El 17 de enero de 1945 Varsovia era una gigantesca montaña de veinte millones de metros cúbicos de escombros. Seis años antes de que la Alemania nazi invadiese la capital vivían en esta ciudad 1,3 millones de habitantes y el censo se redujo a la mitad. Más de 130.000 edificios fueron destruidos por completo o sufrieron serios daños estructurales y la misma suerte corrieron la práctica totalidad de los puentes, las farolas, las líneas del tranvía, las plantas industriales y las redes de cableado. El 84% de la capital de Polonia estaba en ruinas. Atrás quedaban siglos de una atribulada historia, marcada a fuego por la guerra y las particiones, de una nación que había sido una poderosa potencia en los siglos XVI y XVII.
Mientras los viajeros caminan por sus limpias y animadas calles,
pasean entre los gigantescos árboles de sus inmensos parques o se sientan en uno
de los quince bancos de piedra negra situados en la Ruta Real, aprietan un botón
y escuchan un vals, una balada, una polonesa, un rondo, una mazurca o un
nocturno de Fryderyk Chopin, admiran la descomunal
capacidad de superación demostrada, una vez más, por los seres humanos para
levantarse desde lo más hondo del dolor y la miseria y reiniciar sus proyectos
de vida, individuales y colectivos. Los varsovianos no se lamentaron de su
suerte aciaga, sino que se pusieron en pie de inmediato, nada más finalizada la
guerra, para recuperar una ciudad convertida en un inmenso vertedero humeante.
La barbarie comenzó en septiembre de 1939. Bombardeo masivo desde
cientos de aviones, edificios incendiados, carencia de agua para sofocar el
fuego, tiroteo de los refugiados que trataban de abandonar la ciudad, e invasión
cuando acabaron con la resistencia. Comenzaron los asesinatos, que se cuentan
por cientos de miles. El éxodo y las matanzas provocaron que la población se
redujese a la mitad, y en 1942 los nazis apretaron el botón del exterminio de
los judíos.
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| Una imagen de Varsovia tras el bombardeo nazi |
Era la culminación de un proceso que había comenzado con la ocupación: primero tuvieron que identificarse con un brazalete en el que figuraba la estrella de Sión, después fueron víctimas de robos, vejaciones y palizas, del bloqueo de sus cuentas bancarias, del cierre de sus escuelas y librerías, de la prohibición de viajar en tren y la obligación de trabajar para los alemanes por una escasa ración de comida. En 1940 se iniciaron los preparativos para construir un barrio donde confinarlos. Un muro de tres metros de altura, acabado con una alambrada de púas, se convirtió en el perímetro de una superficie de unas 300 hectáreas en la que fueron recluidos 450.000 seres humanos. Era el gueto, dividido en dos áreas comunicadas entre sí por un puente de madera que sobrevolaba un barrio ario.
El hacinamiento, la carencia de agua y la acumulación de
basura fueron el origen de epidemias y de una sucesión de muertes. Y a los
salieron indemnes les esperaban los trenes con destino al campo de exterminio
de Treblinka, situado unos cien kilómetros de distancia, donde fueron gaseados
más de 300.000. Unos pocos miles lograron escapar y quedaron alrededor de 70.000,
convertidos en esclavos de las industrias dirigidas por los alemanes, que se
levantaron para impedir la liquidación total del gueto. Tras la sorpresa
inicial, la respuesta de los nazis fue brutal y despiadada y el barrio que
habitaban quedó completamente arrasado un mes después de la revuelta.
Una tibia y luminosa mañana del mes de agosto del año 2025, los viajeros observan a una mujer con el pelo blanco que camina arrastrando los
pies hasta un descampado delimitado por las paredes de dos de los escasos
edificios que quedaron en pie en el gueto de Varsovia, tienen tres y cuatro
alturas y llama su atención la aparente y engañosa sensación de fragilidad de
sus paredes, con sus ventanas cegadas. La mujer abre una bolsa y echa comida a
las palomas.
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| Una mujer da de comer a las palomas en el barrio judío |
Y escuchan las historias de tantas madres convertidas en criadas que se arriesgaban para llevar comida a sus hijos, ejercían de improvisadas enfermeras, transmitían la cultura a través de la palabra y repetían, una y otra vez, los nombres auténticos de los vecinos, las calles y las plazas para que no quedasen grabados en la memoria de sus descendientes los que trataban de imponerles los invasores.
Lejos de resignarse ante la barbarie, los polacos se rebelaron
y en 1944 estalló el levantamiento de Varsovia. Con escasos medios y frente a
un enemigo que dominaba todos los puntos estratégicos de la ciudad, resistieron
durante dos meses. Emergió el valor de los niños, que se encargaron de
trasmitir los mensajes entre los distintos grupos de resistentes, siguiendo en
ocasiones las canalizaciones subterráneas, y también empuñaron las armas.
Y tras la rendición llegó la venganza. En noviembre comenzó
la sistemática destrucción de la ciudad. Los alemanes numeraron, uno a uno, los
edificios y después los bombardearon. Idéntica suerte corrieron todas las infraestructuras
y solo se salvó una iglesia, convertida en una torre de control, y una
sinagoga, utilizada como cuadra para los caballos. En enero de 1945, tropas soviéticas
entran en lo que había sido una metrópoli europea, el ejército ocupa la ciudad
sin demasiada resistencia por parte de los alemanes, crea sus propias
instituciones y deslegitima al gobierno polaco en el exilio.
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| Monumento conmemorativo del levantamiento, situado en la Plaza Krasinskich |
Cuando los alemanes dejan la ciudad, quienes la habían abandonado retornan. Una gruesa capa de hielo cubre el río Vístula, comienza el desminado y la exhumación de miles de cadáveres. Una emisora de radio se convierte en el vehículo trasmisor de las indicaciones para afrontar la colosal tarea de reconstruir Varsovia, que comienza manera espontánea. Al desescombro le sigue la reconstrucción de los puentes, la puesta en marcha de los trolebuses, la red de abastecimiento del agua, el gas y el alumbrado público. Le siguen los cines, las bibliotecas y las imprentas. A continuación se reanuda la actividad en las escuelas y los hospitales. El comercio abre paulatinamente.
Mientras recorren con parsimonia la ciudad, a los viajeros les explican que la improvisación, consecuencia de la necesidad, tuvo sus consecuencias
dramáticas, porque la urgencia por disponer de un techo para cobijarse llevó a
construir edificios en terraplenes situados sobre escombreras, construcciones
inestables en las que utilizaron como materia prima los vertidos procedentes de
aquellos que habían sido destrozados, dotadas de paredes endebles donde no era
posible colgar un cuadro, y tuvieron que ser derruidas.
En 1950 las autoridades aprueban un plan de reconstrucción
para llevar a cabo en un período de seis años, regido por la doctrina
estalinista. Era uno desafíos más grandes a los que se había enfrentado la
ciudad. Gremios de artistas, arquitectos, políticos y los propios ciudadanos se
implicaron en esta grandiosa iniciativa. Fueron trazadas nuevas avenidas, en cuyos
márgenes se levantaron edificios de alturas inimaginables hasta entonces,
convirtiendo la capital de Polonia en una ciudad funcional y dotada de grandes espacios públicos.
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| Plaza del Mercado, en el Centro Histórico |
El número de habitantes se acercaba entonces al millón, pero algo había cambiado para siempre. No fue sólo la destrucción de sus edificios, monumentos y patrimonio artístico, sino la destrucción de todos o casi todos sus habitantes. La población actual de Varsovia está compuesta por la gente que vino de fuera a poblarla tras la guerra, porque su población histórica fue aniquilada. Todos somos nuevos ciudadanos de Varsovia, afirmó el escritor Ryszard Kapuściński en una entrevista publicada en Letras Libres el año 2022.
Y en este
proyecto de la nueva Varsovia se enmarcaba una obra faraónica que provocó no
pocas controversias: el Palacio de la Cultura y la Ciencia, para lo que se
eliminó una red de calles y de casas recién construidas. La Unión de Repúblicas
Socialista Soviéticas de Stalin lo calificó de regalo de la URSS a Varsovia. 237
metros de altura, 42 pisos, 3.000 habitaciones, una sala con espacio para
reunir a más de 2.800 personas, 817.000 metros cuadrados. Estos son algunos de
datos de una construcción mastodóntica a la que le retiraron el nombre de Palacio Iósif Stalin tras la caída del
régimen comunista.
Con mano de obra rusa se levantó este
rascacielos entre 1952 y 1955 (el más alto de Polonia por aquel entonces),
trabajando en su edificación 3.000 obreros procedentes de Siberia, de los que
fallecieron 16, que estuvieron alojados en barracones aislados de la población
local. Su aspecto recuerda a otras edificaciones de Moscú, también construidas
por orden del dictador.
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| Palacio de la Cultura y la Ciencia |
En su interior se encuentra un gran cine, oficinas, dos universidades privadas, museos, un auditorio, una piscina y tiendas. Aunque en la actualidad esté considerado como Patrimonio Nacional Polaco, no es del agrado de todos.
Subrayan los viajeros cuatro ironías del destino. Una
estriba en que junto a tan colosal edificio se haya levantado una serie de
rascacielos modernos (algunos más altos que el erigido por orden de Stalin) y
que sea esta la zona financiera de la ciudad, donde se encuentran también
decenas de boutiques de conocidas franquicias. Otra, que la antigua sede del
Comité Central del Partido Unificado Polaco (el Partido Comunista) se hubiese
convertido en el Centro Bursátil, la Bolsa, un emblema del capitalismo. La
tercera tiene como protagonistas a un sindicalista y a un cantautor. El
sindicalista es Lech Walesa, el líder de una huelga en el Astillero Lenin, de
Gdansk, que prendió la mecha de la rebelión en Polonia contra la dictadura. El
segundo es Lluís Llach, un cantautor cuyas canciones acabaron convirtiéndose en
auténticos himnos en Catalunya y un referente de la izquierda nacionalista. Una
de ellas, titulada La gallineta, fue
interpretada por varios cantantes polacos y tuvo el mismo significado en este
país durante los años previos a la desintegración del poder comunista que en
España. Sin embargo, el combate por la liberación de los ciudadanos polacos del
yugo autoritario provocó el rechazo de varios partidos políticos, anclados en
la sumisión a los soviéticos. Y no lo es menos la cuarta ironía: es un
acontecimiento histórico registrado tres años después del derrumbe del gobierno
presidido por el dictador Wojciech Jaruzelsky: en 1982, frente al Palacio de
las Ciencias y las Artes abrió sus puertas el primer establecimiento de la
multinacional McDonald’s. En su estreno, la oferta de las hamburguesas atrajo a
42.000 clientes, provocando que se formasen colas kilométricas.
Cuando observan la ciudad desde su mirador, situado en
la planta treinta y a 114 metros de altura, los polacos dicen que lo mejor de
esta experiencia no es tanto lo que están observando desde tan privilegiada
posición, sino en lo que no ven: el Palacio de las Artes y las Ciencias.
| Plaza Nowy Targ |
La reconstrucción del casco antiguo no podía abordarse de forma similar al resto de la ciudad. Representaba la recuperación de la identidad nacional. Las teorías de la época abogaban por evitar las imitaciones, pero la magnitud de la destrucción provocó un replanteamiento. Después de unos intensos debates se decidió construir edificios nuevos sobre los cimientos de los viejos, respetando el aspecto de los originales. El proyecto incluía Stare Miasto (ciudad antigua), Nowe Miasto (ciudad nueva) y el Camino Real (calles Krakowskie Przedmieście y Nowe Swiat).
Para emprender esta tarea se hizo necesaria información
gráfica y muchos documentos habían sido destruidos durante la guerra, así que
se utilizaron como referencia las pinturas del pintor italiano Giovanni Antonio
Canal, Canaletto, (Venecia, 1697-1768),
fotografías e inventarios previos. Entre todos, destacaba el del profesor Oskar
Sosnowski, que en 1930 comenzó a documentar edificios históricos con sus
alumnos. Fallecido a comienzos de la guerra, esta documentación fue escondida
en un lugar seguro durante la sublevación
de la ciudad. También se contó con la memoria de los habitantes. Cinco años de
trabajo culminaron en la reconstrucción del centro histórico. El Castillo Real
no se incluyó en un principio. Finalmente, en los años 80 del siglo XX se
emprendió su reconstrucción, de modo que la restauración concluyó más de
cuarenta años después.
La pianista Kseniia Ahiseva, interpreta un concierto con
música de Chopin (con una excepción, el Claro
de Luna de Claude Debussy). Son las 16.00 horas cuando el piano empieza a
sonar en un elegante salón neoclásico con lámparas de araña, cuyas paredes
están recubiertas por estucos y espejos, enclavado en el número 15 de la calle Podwale,
en pleno casco antiguo y a pocos metros del tramo de la muralla donde se
encuentra el monumento al Pequeño Insurgente, en homenaje a los niños que
participaron en el levantamiento contra los nazis. También puede escucharse en trenes,
cafeterías, recepciones de hotel y en salas de espera.
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| Plac Zamkowy (Plaza del Castillo) |
Con la banda sonora del genial compositor de fondo, los viajeros admiran el gótico caminando por Stare y Nowe Miasto, el estilo renacentista de la calle Krakowskie Przedmieście, y el neoclasicista en la Nowe Swiat. Desde su absoluta ignorancia, consideran que la imitación se llevó a cabo con minuciosidad, cuidando todos detalles, una conclusión en la que coincide con los cientos de anonadados viajeros con los que se cruza durante su caminar lento por las calles -anchas unas y estrechas otras- y plazas para apreciar los numerosos detalles que ofrecen las fachadas de los edificios con sus bellos esgrafiados, decoradas con colores vivos, relieves escultóricos y pinturas murales, las arcadas y los patios adoquinados.
La belleza y el dolor. Las huellas de la tragedia comparten espacio en
esta ciudad: miles de baldosas de hierro están situados en los puntos exactos
donde el muro cruzaba con las calles actuales y nos recuerdan que aquí habitó
el horror. Es la senda de la memoria, que conduce a través del
itinerario del sufrimiento y la resistencia al exterminio protagonizada por los
judíos. También permanecen en pie pequeños fragmentos de un muro de dieciocho
kilómetros de longitud, y se encuentran en los patios de las casas situadas en las
calles Sienna 55, Zlota 62 y Walicow, 11.
Otro vestigio de tiempos pasados son los Bares de Leche, que abrían muy temprano para servir platos
basados en la leche y la harina a unos precios muy económicos. Fueron fundados
en 1896 por una cooperativa alimentaria, llegó a haber más de medio centenar en
la ciudad, y tras la caída del régimen comunista se convirtieron en la diana de
los ataques contra todo lo que olía al régimen anterior. Hoy quedan unos pocos.
Galerías de arte, café, restaurantes, tiendas de diseño, arte
urbano… Las propuestas más vanguardistas comparten espacio con antiguas
iglesias, viejas instalaciones industriales y bloques residenciales de la época
comunista. Nada más cruzar el puente sobre el río Vístula, el viajero llega a Nueva Praga, que se debate entre la
decadencia y la regeneración. Si el margen izquierdo fue arrasado por el
ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, la ribera opuesta, donde se
encuentra este barrio, se vio afectada en menor medida.
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| Monika Molenda retoca la obra que instaló en Nueva Praga |
Rezuma un espíritu bohemio y creativo, que lo convirtió en un lugar de moda. Artistas de medio mundo han dejado plasmadas sus obras en sus fachadas, convirtiéndolas en una galería de arte a cielo abierto. Una de ellas se llama Barricada, y para llevarla a cabo fue convocado un concurso en el año 2011. La intervención elegida no guarda relación alguna con ese tipo de proyectos para cuya ejecución son necesarios muchos kilos de bronce y un pedestal. La autora de la misma, Monika Molenda, apostó por una intervención sencilla, sutil y cargada de simbolismo.
Consiste en una línea de color rojo incrustada en el suelo, como
si de una cartografía a pie de calle se tratase, que desemboca en dos placas
ubicadas en el punto de la calle Francuska donde se encontraba una barricada que en 1939
se convirtió en unos de los bastiones defensivos contra la invasión nazi y en
las que se describen los acontecimientos registrados entonces. La barricada protegía
una vivienda usada para guardar y proteger obras y documentos de gran valor. J.
Kossakowski, vivía en ella cuando se produjeron los combates y fue el promotor
del concurso, junto con la Fundación KOS. Monika
Molenda nació en Krasnobrod, un pueblo situado cerca de Zamosć, en la región de
Lublin, y vive en Galicia.
En Praga también permanecen los
lugares de culto, íntimos y discretos, hitos de una religiosidad que siguió
practicándose durante la época comunista aunque hubiese sido clandestina durante
varias décadas, al igual que un bloque de edificios en los que el gobierno
polaco dio cobijo a varias decenas de españoles que buscaron refugio en Francia
tras la victoria del franquismo, contribuyeron a la derrota del nazismo en el
país vecino y –considerados peligrosos comunistas cuando su contribución ya no
era necesaria- fueron confinados por las autoridades francesas en Córcega y
Argelia. En este barrio se reunificaron las familias.
Mañana España, decían cuando se reunían en Centro Cultural Español
para celebrar la Navidad, pero la dictadura se prolongó hasta la muerte del
dictador y en Varsovia recibieron ayuda varias de sus víctimas cuando salieron
de la cárcel o del campo de concentración de Mauthausen. Alguno, moribundo,
falleció poco después. Un país en ruinas los acogió sin pedirles que
renunciasen a su nacionalidad y les ofreció un techo, estudios y trabajo. Todo
lo que necesitaban.
| 'Tancredo y Colrinda', una escultura ubicada en el Parque Lazienki |
Los viajeros abandonan el barrio de Praga satisfechos por haber transitado por esos lugares donde reside la esencia de los pueblos, en los que se hace presente su espíritu heroico y su grandeza, y que no figuran en los folletos turísticos ni en los circuitos de visitas organizadas. Su destino es el Parque Lazienki y tiene por delante varios kilómetros de caminata.
El Parque Łazienki asombra por la belleza de sus construcciones, la
variedad de su vegetación y su extensión. Con 76 hectáreas, es un catálogo de
jardines y edificios de diferentes estilos. El Palacio de la Isla, el Teatro de
la Isla, el Palacio Myślewicki, la Casa Blanca, el Museo Jan Paderewski, el
Anfiteatro, los pabellones Hermitage, el Templo de Diana, el Templo Egipcio;
Wodozbiór, el lugar se recolectaba el agua proveniente de fuentes cercanas y
desde allí se llevaba al parque y los Baños Reales (que fueron su origen), lo
cuarteles de la Guardia Real, el depósito de esculturas de Nowa Kordegarda;
Narutowicz House y el Museo de Caza y Equitación componen la larga relación de
construcciones en las que se convierten en un recorrido a través de diferentes
estilos, clasicismo, rococó y barroco y evocan a Polonia, Egipto, China, Grecia
y Roma.
Los jardines, por los que corretean tranquilamente pavos reales y ardillas,
son el reflejo de diferentes épocas. El Real está cruzado por numerosos
senderos. Dispone de dos estanques unidos por puentes, canales, cascadas,
diferentes especies de árboles, incluyendo frutales, y numerosas esculturas. En
el Belvedere, o Jardín Romántico, se encuentra el Templo de Sibila y el Egipcio,
además del lago. El Modernista está diseñado en sectores: los árboles y las
especies florales forman grupos y macizos definidos, y está coronado por el
monumento a Fryderyk Chopin.
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| Monumento a Chopin en el Parque Lazienki |
Su inauguración tuvo lugar en 1926, pero el que contemplamos, asombrados por su potencia expresionista y su grandiosidad, no fue inaugurado hasta el 13 de julio del 1969, porque durante la ocupación nazi fue destruido y sus fragmentos quedaron distribuidos por diversas fundiciones. Posteriormente se procedió a su restauración e instalación en su ubicación original. La escultura representa a Chopin sentado bajo un sauce cuya copa se desplazó hacia un lado por la acción del viento; enfrente se encuentra un estanque circular y una serie de bancos que ocupan los espectadores que acuden a los conciertos de piano que se celebran durante los fines de semana entre los meses de mayo y septiembre.
Para entender a Chopin habría que situarse en la Varsovia que lo vio crecer, una
ciudad orgullosa, convertida a principios del siglo XIX en un faro de la cultura
polaca bajo la opresiva sombra de Rusia. Por este motivo, era también un foco
de tensiones políticas y fervor patriótico. En este ambiente se formó. Su
primer maestro, un violinista, comprendió enseguida que tenía poco más que
enseñarle a un niño que a los siete años ya componía polonesas y mazurcas y
dejaba boquiabiertos a los condes y príncipes en sus veladas.
En el Conservatorio de Varsovia confirmó que con su talento podría
marcar un antes y un después. Las canciones que escuchaba en las calles, las
danzas campesinas y el anhelo de libertad de su pueblo anidaron en su cerebro,
convirtiéndose en el origen de sus nocturnos, sus baladas y sus heroicas
polonesas.
A los 20 años, con el Levantamiento de Noviembre contra
los rusos a punto de estallar, sus amigos y familiares lo instaron a marcharse
para poner a salvo su talento. Partió hacia Viena y luego a París,
sin saber que no volvería a pisar su tierra natal. Esta dolorosa nostalgia
impregnaría el resto de su obra. Y su último deseo, que su corazón fuera
extraído y devuelto a Varsovia,
es la prueba definitiva del lazo que lo unía a esta ciudad. Murió en 1849, cuando aún no había
cumplido 40 años.
El alma de la música ha pasado sobre el mundo, dijo Robert Schumann refiriéndose a Chopin. Franz Liszt, gran amigo su suyo, declaró: En sus nocturnos, nos ha hecho escuchar armonías que no solo son la expresión de nuestros más inefables deseos, sino también de nuestra inquietud, sufrimiento y tristeza.
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| Protesta contra la invasión junto al monumento a Ronald Reagan |
El viajero abandona el Parque Laizenki por el portalón que lo enfila hacia la concurrida avenida Aleje Ujazdowskie y se encuentra con un grupo de varsovianos acampados en sus amplias aceras. La frágil e improvisada construcción que los cobija está recubierta con mensajes contra la invasión de Ucrania perpetrada por Rusia y de advertencia ante una tercera guerra mundial en el horizonte. Al lado hay un pedestal y, sobre el mismo, puede verse la figura del expresidente de Estados Unidos Ronald Reagan. Enfrente está situada la embajada de este país. Después de unas horas lejos del ruido, la realidad los abofetea.
Yo no viví directamente la Guerra Civil ni la II
Guerra Mundial pero soy una víctima de las dos porque muchas cosas que me
ocurrieron cuando era niño o adolescente son el resultado de ambas. En la
antigüedad se guerreaba por el trigo o por los caballos y la mayor parte de las
víctimas eran soldados, hoy son civiles y se busca dejar tierra quemada.
Estamos de nuevo en guerra o, podría decirse de una forma más
precisa, no estamos en una época de paz.
El autor de esta reflexión es Roland San Sebastián, que nació en Francia, el
país donde habían buscado refugio sus padres tras la caída de la República, y
forma parte del contingente de españoles del que nada quiso saber el gobierno
francés, concluida la II Guerra Mundial, y encontraron acogida en el barrio de
Nueva Praga.
Los
aviones dibujan en el aire la bandera polaca, frente a la Warszawa Centralna (Estación
Central) caminan cientos de hombres vestidos con viejos uniformes cargados de
insignias y medallas. Acaban de asistir a la toma de posesión del nuevo
presidente de la República, que proclama su admiración por su homólogo de EE UU
y anuncia un férreo control fronterizo en un país donde solo el 1,5% de la
población no es polaca.
De
nuevo se levantan muros y se dinamitan puentes. La Europa cosmopolita retrocede
ante el avance de los nacionalismos.
Inermes como sueños así vamos
pero los anfitriones nos formulan preguntas
que incluyen su semilla de respuesta
y ponen sus palomas mensajeras y lemas
a nuestra disposición
y claro sudamos los mismos pánicos
temblamos las mismas preocupaciones.
(La casa y el ladrillo, Marino Benedetti)
De la mano de Anna Ruszczyk caminamos por las calles de Varsovia. A ella dedicamos esta crónica.
(Loli Quinteiro y Fernando Salgado son los autores de las fotografías, excepto la de la destrucción de Varsovia)









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