Las golondrinas de Terezín

Llegan desde África con la primavera y tras su largo viaje construyen un nido o reparan el utilizado en años anteriores. Durante una semana se desplazan a los humedales próximos, de los que retornan transportando barro en sus picos. Una y otra vez, así durante varios días. Con saliva hacen una argamasa y la adhieren a los ángulos formado por los techos y las paredes. Para que su interior sea confortable, usan trozos de tela, lana o pequeñas plumas. Llega el momento de la puesta de los huevos, al que sigue la eclosión de los cascarones y el nacimiento de los polluelos.

Hay nidos en la oficina de admisión, donde tomaban nota de la identidad de los presos; en el puesto de guardia, una estancia donde eran sometidos al primer interrogatorio, y el en el depósito de la ropa, lugar al que entraban con el atuendo que llevaban encima cuando fueron detenidos y del que salían vestidos con un traje a rayas.

A continuación, en la entrada figura la inscripción Arbeit macht frein (El trabajo te libera), escrita en semicírculo y letras mayúsculas en el umbral, sobre un fondo blanco que destaca en una pared de color ocre. También hay nidos en la sala de duchas, la enfermería, las celdas, que fue la última estancia para varios miles antes de ser asesinados, y la morgue.

Después de haber viajado durante una hora en autobús desde la estación de Nádrazi Holesovice, en Praga, llegamos a una fortaleza construida en el siglo XVIII entre los ríos Elba y Ohre que fue usada como cuartel y prisión. Estamos en Terezín. Frente a la parada del autobús se extiende una superficie verde en suave pendiente. En uno de sus extremos se alza la Estrella de David y en el otro está asentada una cruz. Miles de lápidas blancas guardan la memoria de judíos y cristianos enterrados en el cementerio.

El día 24 de noviembre del año 1941 llegaron varios centenares de hombres a este lugar para encargarse de la construcción de las cocinas y los barracones y llevar a cabo las obras destinadas a construir un campo de concentración, pertrechado por unas murallas de doce metros de alto, bordeadas por un foso, con tres puertas de acceso y puentes levadizos. Poco después lo hicieron los primeros presos.

El primer patio está dividido en dos bloques, las literas están numeradas, son de tres niveles y no cuentan con más luz natural ni ventilación que la que entra por sus robustas y pesadas puertas. Documentos identificativos permiten ponerle cara a una ínfima parte de las víctimas del exterminio nazi. Mirarle a los ojos provoca estremecimientos. A continuación llegamos al hospital, que dejó de serlo cuando la afluencia de prisioneros hizo necesario acondicionar un espacio destinado a las mujeres, y la morgue, donde depositaban los cadáveres.

El recorrido por un entorno que habitó la muerte continúa bajo tierra, a través de un túnel de aproximadamente medio kilómetro de longitud y ciento noventa centímetros de alto, que realizamos a tientas. Durante los escasos diez minutos que transcurren en las entrañas de la tierra pasan por la memoria las imágenes de la brutalidad nazi grabadas en la memoria. Este recorrido era el que hacían aquellos que habían sido destinados a las celdas de castigo, sabiendo que no habría vuelta atrás, y que cuando cruzasen la puerta de salida iban a ser tiroteados en el campo de ejecuciones, un lugar donde puede verse una estructura de madera con una horca que también fue utilizada en algunas ocasiones.

Después de haber pisado el territorio del terror se convierte en un ejercicio imposible el de imaginar que los nazis llegaron a construir un escenario con tiendas, que decoraron las fachadas con jardineras y organizaron partidos de fútbol. Y que obligaron a los presos a realizar el papel de felices ciudadanos paseando del brazo de sus supuestas esposas y en compañía de unos hijos que no lo eran, y responder a sus preguntas con las consignas que les impusieron, en una dramática parodia con la que lograron engañar a los inspectores enviados por Cruz Roja.

Sucedió en 1942, año en el que incluso se rodó una película titulada El Fhürer regala una ciudad a los judíos y fue enviado el primer contingente de presos al campo de exterminio de Auschwitz, entre el que figuraban aquellos que tuvieron que realizar el papel de actores. En la cámara de gas también acabaron los días de  Viktor Ullmann, un compositor checo que estrenó en Terezín la ópera El emperador de la Atlántida, un alegato contra la guerra y el totalitarismo. Treblinka fue otro de los destinos.

Aunque la Gestapo utilizó Terezín como una escala, durante los cuatro años que permaneció operativo pasaron por este siniestro lugar en torno a 155.000 presos, de los que 15.000 eran niños, procedentes de la República Checa, Alemania, Austria, Dinamarca, Eslovaquia, Hungría y los Países Bajos. Unos 35.000 murieron en este lugar, unos asesinados y otros víctimas de epidemias como el tifus y las torturas, 90.000 en Auschwitz y Treblinka, mientras que el número de supervivientes fue de 17.000.

El campo de concentración fue liberado el día 9 de mayo de 1945 por el Ejército Rojo, y los dibujos realizados por los niños que lo habitaron sirvieron de prueba en el juicio de Núremberg, porque una mujer, Friedl Dicker Brandeis, convirtió la enseñanza de la pintura en una terapia para varios miles que asistieron a sus clases clandestinas.

El anhelo de la vuelta a casa, las atrocidades que observaban y de las que fueron víctimas, el apaleamiento de los presos  para que entrasen en los trenes, la lucha por la comida y escenas de nazis arrancando los niños de los brazos de sus madres son algunas de las representaciones plasmadas por los jóvenes artistas.

El cantautor cubado les dedicó una canción, titulada Una pesadilla blanca

Una pesadilla blanca
de chimeneas quemando sangre
para hijos de Judea
con rara estrella y rostro de hambre.

En invierno y verano es igual
tras alambres no hay estación.
Terezín de los niños jugar
con la muerte común
mientras pintaban el cielo azul,
mientras soñaban con corretear,
mientras creían aún en el mar,
y los llevaban a caminar para no regresar.

Terezín, pelota rota.

Sed de tardes ya increíbles
saltaron locas las altas tapias,
y el amor, irreductible,
quedó colgado en alambradas de Terezín.

Terezín, pelota rota.

         

El sol circula por el centro del firmamento el día 13 de julio del año 2011 cuando está a punto de concluir el recorrido por la antesala del infierno. Hace calor, pero persiste la sensación de frío, la visión del corredor, la estampa de los presos judíos torturados en los amplios patios, los baños en agua helada, las noches a la intemperie a quince grados bajo cero. Frío como hielo congelado. Y las atareadas golondrinas vuelan por la oficina de admisión, el puesto de guardia, el depósito de la ropa, los barracones…

Silvio Rodríguez - Terezín

Nómadas
12/06/2020
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