En los miles de publicaciones que abordan la II Guerra Mundial, Lousame no cuenta con un solo apunte a pie de página, y en los balances del Puerto de VilagarcĂa tampoco aparecen anotaciones de las salidas de barcos cargados de wolframio con destino a Alemania.
Es lĂłgico. La España de Franco enarbolaba una neutralidad que no impidiĂł al ejĂ©rcito de Adolf Hitler abastecerse en las minas situadas en un pequeño municipio de la provincia de A Coruña de un metal necesario para endurecer las aleaciones con las que construĂa su armamento.
Era transportado por medio de embarcaciones desde Taragoña (Rianxo) hasta
Carril (VilagarcĂa), y desde este lugar se trasladaba la carga a los barcos utilizados para
llevarlo hasta su destino final. De este modo, el III Reich cubriĂł en la RĂa de
Arousa una demanda que dejĂł de atender China, su anterior proveedor, cuando
comenzó el conflicto bélico.
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| Boca de entrada a la mina |
Se convirtió en un metal de valor estratégico, su precio pasó de 13 pesetas el kilo a 300, y el impacto generado por su explotación alcanzó unas dimensiones descomunales. El fenómeno fue similar a los generados por la búsqueda del oro en California o Alaska.
«Tolearon co ouro negro», puede escucharse entre quienes fueron testigos de la fiebre que provocĂł encontrarse ante un inesperado filĂłn de riqueza inmediata enterrado en la montaña de un pueblo sumido en el atraso, cuyos habitantes estaban condenados a la miseria o la emigraciĂłn.
Aunque las primeras referencias de la existencia del estaño datan de la Edad de
Bronce, su extracciĂłn en las minas de San Finx de Lousame comenzĂł en 1897 de la
mano del inglés residente en Santander Thomas Jakes Burbury. Al frente de esta
actividad se mantuvieron compatriotas suyos a travĂ©s de distintas compañĂas.
En el subsuelo también abunda un metal cuyo color negro contrasta con el blanco
de las piedras de cuarzo del que está rodeado. Es el wolframio, que carecĂa de
uso entonces. Las minas fueron nacionalizadas en 1940, Industrias Gallegas, de
Barrie de la Maza se convirtiĂł en su propietario, y la maquinaria de la muerte
multiplicĂł su valor.
La poblaciĂłn se echĂł al monte. La explotaciĂłn minera, que estaba en manos del Gobierno, necesitĂł incrementar su mano de obra, que nunca era lo bastante para dar respuesta a la sĂşbita demanda.
Unos encontraron ocupaciĂłn en Industrias Gallegas, que llegĂł a disponer de los más modernos medios de producciĂłn de Europa, mientras que otros buscaron el wolframio en la superficie, rastreando la llamada zona libre, o introduciĂ©ndose en las minas que habĂan quedado abandonadas, ante la impotencia, en unas ocasiones, y la complicidad, en otras, de los vigilantes, que siempre eran insuficientes ante la avalancha.
El sonido de las explosiones se hizo tan habitual como el olor que desprendĂa la pĂłlvora. La mayor parte trabajĂł legalmente, pero no por eso dejaba de aprovecharse de la falta de control para robar el mineral escondiĂ©ndolo en los bolsillos o en los dobladillos de los pantalones.
Otros acudieron a las vetas que habĂan abandonado los ingleses y seguĂan sin ser explotadas, y un tercer grupo, formado por mujeres mayoritariamente, realizaba la bĂşsqueda en el suelo. Esta actividad se conocĂa con el nombre de ‘a roubacha’.
Las hileras de millares de trabajadores dirigiĂ©ndose hasta San Finx, cuando todavĂa no habĂa amanecido, se convirtieron en una estampa habitual. Era tal la demanda que todos los brazos no bastaron. Llegaron de municipios limĂtrofes. Pero la guerra pedĂa más, y tambiĂ©n acudieron desde Portugal y Extremadura. En plena diáspora hacia Europa y AmĂ©rica, la poblaciĂłn de Lousame pasĂł de 4.900 habitantes a más de 6.500.
La Guardia Civil tambiĂ©n participaba en el negocio, y el principio que inspiraba sus acciones era el siguiente: un buscador de wolframio no produce si está en la cárcel. En coherencia con este planteamiento, ninguno acababa en el Cuartel, aunque muchos sufrieron palizas por negarse a entregar a los agentes una parte del botĂn. Un guardia, conocido como O Marelo, causaba pánico por sus mĂ©todos brutales, y cuando los buscadores escuchaban su nombre, huĂan despavoridos por el monte.
En una ocasiĂłn sonĂł un disparo y muriĂł una chica de 18 años y embarazada. O Marelo no fue su autor. Dicen que apretĂł el gatillo el cabo RĂos, muy aficionado a arreglar las cuentas pendientes a culatazos.
En este ambiente, un vecino de Lousame, tan pobre como casi todos, consiguiĂł la concesiĂłn de una zona por parte de Industrias Gallegas, que no tenĂa capacidad para trabajarla. LlegĂł a contratar a 300 personas. Se convirtiĂł en millonario de la noche a la mañana y lo perdiĂł todo con la misma velocidad que lo habĂa ganado.
Todos conocĂan por el apellido a aquel personaje, Vilariño. Era de los que acudĂan con asiduidad al Casino de Noia, una localidad notablemente más importante que Lousame, cuya primera lĂnea telefĂłnica habĂa sido una prolongaciĂłn de la que fue instalada para dar servicio a las minas de San Finx.
Junto a una pista de baile de madera se encontraban las mesas con el tapete verde sobre los que se disputaban partidas que se prolongaban durante toda la noche y finalizaban con el dĂa abierto. Las cartas fueron la perdiciĂłn de no pocos nuevos ricos.
Prácticamente arruinado y consumido por el vicio, Vilariño llegó a jugarse a su esposa. Y la perdió. El ganador no quiso cobrar la deuda, pero su familia aún hoy se avergüenza de lo acontecido.
Manejar dinero era todo un acontecimiento en una sociedad rural en la que el trueque era el método más utilizado para acceder a los bienes más básicos.
Hombres jĂłvenes, desarraigo, dinero a raudales, alcohol, armas, esperanza de vida reducida por la penosidad del trabajo... y la prostituciĂłn.
TambiĂ©n se multiplicĂł esta actividad, y como es habitual, nadie admitĂa que las putas fuesen de su pueblo. Todos apuntaban a las localidades vecinas como lugar de procedencia.
Estados Unidos y Francia lograron cortarle el suministro de petróleo a España ante la complicidad de Francisco Franco con Adolf Hitler, y Gran Bretaña, que se percató de la dependencia germana, se sumó a la lucha por medio de otro recurso: la compra de wolframio a precios más altos que los que pagaban los alemanes.
El Casino Noia era el punto habitual de encuentro de espĂas de los dos paĂses. Era el escenario de otra partida. AllĂ se cerraban las compras de grandes cantidades, mientras que esta tarea, piedra a piedra, la realizaba los intermediarios en las tabernas de Lousame a plena luz del dĂa.
El mineral que adquirĂan los nazis se trasladaba desde Carril (VilagarcĂa), donde hace varias dĂ©cadas se encontraron varios prismáticos en el monte de San Roque que un dĂa fueron usados para controlar la salida de los barcos.
El que conseguĂan comprar los ingleses acabĂł mucho más cerca del lugar donde fue extraĂdo, porque carecĂa de utilidad para ellos, ya que solo se usaba entonces para fabricar los filamentos de las bombillas. Lo embarcaban en Noia y los barcos lo descargaban en la rĂa, cerca de Muros.
“De once anos comecei a ir á mina de Vilariño. SaĂa da casa ás seis da mañá, e cando chegaban os mineiros marchabamonos nĂłs. TamĂ©n traballei á roubacha na zona libre e na escombreira. VendĂa a precio de estraperlo. Tiñámoslle moito medo Ăł Marelo. Pola tarde Ăa á escola”, recuerda Josefa Romero MartĂnez.
“Logo empezaron a vir os gardas, pero un deles, de Rois, era amigo dunha que viña conmigo e axudábanos, porque habĂa guardias malos e bos. Nos Ăamos cedo, e cando viña moita xenta mandábanos marchar para que non tivesemos problemas”, expone Digna Castro Cobas.
Eran los primeros tiempos, pero la voz se fue corriendo. En una Galicia sin apenas infraestructuras de comunicaciĂłn, el hambre y el boca a boca hizo el resto. “Empezou a vir máis e máis xente, parecĂa a festa de Noia. De todos os lados: Serra de Outes, VilagarcĂa, Boiro. De todas partes”, agrega.
Entonces, para deshacerse de la competencia, las mujeres lousamianas usaban un recurso infalible. “Para escorrentar á xente e quedarnos soas, sĂł tiñamos que dicir ¡que ven O Marelo!, ¡que ven O Marelo! E marchaban todos”, recuerda Digna Castro.
Los dos testimonios fueron recogidos por Mayte Sobradelo, una estudiosa del tema, responsable del centro de interpretaciĂłn situado en San Finx, cuya construcciĂłn promoviĂł el Concello de Lousame.
Fueron cuatro años de frenesĂ, entre 1941 y 1945. Con el final de la II Guerra Mundial dejĂł de interesar el wolframio. La guerra de Corea, entre 1951 y 1953, reactivĂł el interĂ©s por este mineral, pero repuntĂł con una intensidad notablemente inferior. Fue el canto del cisne.
Como entonces, la guerra sigue siendo uno de los negocios más lucrativos del mundo, pero los materiales estratĂ©gicos necesarios para la fabricaciĂłn del armamento se encuentran hoy a miles de kilĂłmetros de Lousame, y la funciĂłn de proveedor que se realizĂł desde esta localidad corresponde ahora a paĂses situados muy lejos de sus montañas.
Quienes supieron aprovechar la oportunidad ahorraron dinero con el que construyeron nuevas viviendas, abrieron negocios o adquirieron propiedades como pisos, terrenos o embarcaciones, pero la mayor parte gastĂł de noche lo que ganĂł durante el dĂa, y cuando finalizĂł el conflicto bĂ©lico se encontrĂł con los bolsillos vacĂos de nuevo.
La poblaciĂłn se echĂł al monte. La explotaciĂłn minera, que estaba en manos del Gobierno, necesitĂł incrementar su mano de obra, que nunca era lo bastante para dar respuesta a la sĂşbita demanda.
Unos encontraron ocupaciĂłn en Industrias Gallegas, que llegĂł a disponer de los más modernos medios de producciĂłn de Europa, mientras que otros buscaron el wolframio en la superficie, rastreando la llamada zona libre, o introduciĂ©ndose en las minas que habĂan quedado abandonadas, ante la impotencia, en unas ocasiones, y la complicidad, en otras, de los vigilantes, que siempre eran insuficientes ante la avalancha.
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| Máquinas usadas en el proceso, que se encuentran en el centro de interpretación de Lousame |
El sonido de las explosiones se hizo tan habitual como el olor que desprendĂa la pĂłlvora. La mayor parte trabajĂł legalmente, pero no por eso dejaba de aprovecharse de la falta de control para robar el mineral escondiĂ©ndolo en los bolsillos o en los dobladillos de los pantalones.
Otros acudieron a las vetas que habĂan abandonado los ingleses y seguĂan sin ser explotadas, y un tercer grupo, formado por mujeres mayoritariamente, realizaba la bĂşsqueda en el suelo. Esta actividad se conocĂa con el nombre de ‘a roubacha’.
Las hileras de millares de trabajadores dirigiĂ©ndose hasta San Finx, cuando todavĂa no habĂa amanecido, se convirtieron en una estampa habitual. Era tal la demanda que todos los brazos no bastaron. Llegaron de municipios limĂtrofes. Pero la guerra pedĂa más, y tambiĂ©n acudieron desde Portugal y Extremadura. En plena diáspora hacia Europa y AmĂ©rica, la poblaciĂłn de Lousame pasĂł de 4.900 habitantes a más de 6.500.
La Guardia Civil tambiĂ©n participaba en el negocio, y el principio que inspiraba sus acciones era el siguiente: un buscador de wolframio no produce si está en la cárcel. En coherencia con este planteamiento, ninguno acababa en el Cuartel, aunque muchos sufrieron palizas por negarse a entregar a los agentes una parte del botĂn. Un guardia, conocido como O Marelo, causaba pánico por sus mĂ©todos brutales, y cuando los buscadores escuchaban su nombre, huĂan despavoridos por el monte.
En una ocasiĂłn sonĂł un disparo y muriĂł una chica de 18 años y embarazada. O Marelo no fue su autor. Dicen que apretĂł el gatillo el cabo RĂos, muy aficionado a arreglar las cuentas pendientes a culatazos.
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| Grupo de mujeres que se dedicaban a la "roubacha" |
En este ambiente, un vecino de Lousame, tan pobre como casi todos, consiguiĂł la concesiĂłn de una zona por parte de Industrias Gallegas, que no tenĂa capacidad para trabajarla. LlegĂł a contratar a 300 personas. Se convirtiĂł en millonario de la noche a la mañana y lo perdiĂł todo con la misma velocidad que lo habĂa ganado.
Todos conocĂan por el apellido a aquel personaje, Vilariño. Era de los que acudĂan con asiduidad al Casino de Noia, una localidad notablemente más importante que Lousame, cuya primera lĂnea telefĂłnica habĂa sido una prolongaciĂłn de la que fue instalada para dar servicio a las minas de San Finx.
Junto a una pista de baile de madera se encontraban las mesas con el tapete verde sobre los que se disputaban partidas que se prolongaban durante toda la noche y finalizaban con el dĂa abierto. Las cartas fueron la perdiciĂłn de no pocos nuevos ricos.
Prácticamente arruinado y consumido por el vicio, Vilariño llegó a jugarse a su esposa. Y la perdió. El ganador no quiso cobrar la deuda, pero su familia aún hoy se avergüenza de lo acontecido.
Manejar dinero era todo un acontecimiento en una sociedad rural en la que el trueque era el método más utilizado para acceder a los bienes más básicos.
Hombres jĂłvenes, desarraigo, dinero a raudales, alcohol, armas, esperanza de vida reducida por la penosidad del trabajo... y la prostituciĂłn.
TambiĂ©n se multiplicĂł esta actividad, y como es habitual, nadie admitĂa que las putas fuesen de su pueblo. Todos apuntaban a las localidades vecinas como lugar de procedencia.
Estados Unidos y Francia lograron cortarle el suministro de petróleo a España ante la complicidad de Francisco Franco con Adolf Hitler, y Gran Bretaña, que se percató de la dependencia germana, se sumó a la lucha por medio de otro recurso: la compra de wolframio a precios más altos que los que pagaban los alemanes.
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| Foto de primeras comuniones en la entrada de la mina |
El Casino Noia era el punto habitual de encuentro de espĂas de los dos paĂses. Era el escenario de otra partida. AllĂ se cerraban las compras de grandes cantidades, mientras que esta tarea, piedra a piedra, la realizaba los intermediarios en las tabernas de Lousame a plena luz del dĂa.
El mineral que adquirĂan los nazis se trasladaba desde Carril (VilagarcĂa), donde hace varias dĂ©cadas se encontraron varios prismáticos en el monte de San Roque que un dĂa fueron usados para controlar la salida de los barcos.
El que conseguĂan comprar los ingleses acabĂł mucho más cerca del lugar donde fue extraĂdo, porque carecĂa de utilidad para ellos, ya que solo se usaba entonces para fabricar los filamentos de las bombillas. Lo embarcaban en Noia y los barcos lo descargaban en la rĂa, cerca de Muros.
“De once anos comecei a ir á mina de Vilariño. SaĂa da casa ás seis da mañá, e cando chegaban os mineiros marchabamonos nĂłs. TamĂ©n traballei á roubacha na zona libre e na escombreira. VendĂa a precio de estraperlo. Tiñámoslle moito medo Ăł Marelo. Pola tarde Ăa á escola”, recuerda Josefa Romero MartĂnez.
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| Dos nazis en un puerto gallego |
“Logo empezaron a vir os gardas, pero un deles, de Rois, era amigo dunha que viña conmigo e axudábanos, porque habĂa guardias malos e bos. Nos Ăamos cedo, e cando viña moita xenta mandábanos marchar para que non tivesemos problemas”, expone Digna Castro Cobas.
Eran los primeros tiempos, pero la voz se fue corriendo. En una Galicia sin apenas infraestructuras de comunicaciĂłn, el hambre y el boca a boca hizo el resto. “Empezou a vir máis e máis xente, parecĂa a festa de Noia. De todos os lados: Serra de Outes, VilagarcĂa, Boiro. De todas partes”, agrega.
Entonces, para deshacerse de la competencia, las mujeres lousamianas usaban un recurso infalible. “Para escorrentar á xente e quedarnos soas, sĂł tiñamos que dicir ¡que ven O Marelo!, ¡que ven O Marelo! E marchaban todos”, recuerda Digna Castro.
Los dos testimonios fueron recogidos por Mayte Sobradelo, una estudiosa del tema, responsable del centro de interpretaciĂłn situado en San Finx, cuya construcciĂłn promoviĂł el Concello de Lousame.
Fueron cuatro años de frenesĂ, entre 1941 y 1945. Con el final de la II Guerra Mundial dejĂł de interesar el wolframio. La guerra de Corea, entre 1951 y 1953, reactivĂł el interĂ©s por este mineral, pero repuntĂł con una intensidad notablemente inferior. Fue el canto del cisne.
Como entonces, la guerra sigue siendo uno de los negocios más lucrativos del mundo, pero los materiales estratĂ©gicos necesarios para la fabricaciĂłn del armamento se encuentran hoy a miles de kilĂłmetros de Lousame, y la funciĂłn de proveedor que se realizĂł desde esta localidad corresponde ahora a paĂses situados muy lejos de sus montañas.
Quienes supieron aprovechar la oportunidad ahorraron dinero con el que construyeron nuevas viviendas, abrieron negocios o adquirieron propiedades como pisos, terrenos o embarcaciones, pero la mayor parte gastĂł de noche lo que ganĂł durante el dĂa, y cuando finalizĂł el conflicto bĂ©lico se encontrĂł con los bolsillos vacĂos de nuevo.
(Este reportaje fue elaborado en octubre del año 2012)
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la sombra de los dĂas
10/27/2012
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Noraboa, coma sempre impresionante artigo. Nunca deixa a de sorprender!!
ResponderEliminarDespois de ler a novela Febre, este artigo Ă© o complemento ideal
ResponderEliminarLois
Autopropaganda: Só queda ver o documental "A memoria nos tempos do volfram" (http://ofaiadodamemoria.org/info.php?id=5&idioma=gl&sec=1) e a información sobre o tema será completa.
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